domingo, 3 de marzo de 2019

Expectativas

- Hola Pitxu. 
- Eh, perdona pero no sé de qué te conozco.
- Me diste clase cuando estudiaba aquí. Soy...  

Mira que me fastidia no reconocer a la gente y verme obligado a poner esa cara de póquer insondable y bobalicona pero, por otro lado, soy consciente de que la gente cambia mucho en más de quince años, en especial, de los catorce al umbral de la treintena. 

De todas formas, la curiosidad me llevó a revisar en mis carpetas ancestrales a qué foto escolar correspondía aquel nombre que me resultaba vagamente familiar. El nombre de un exalumno que desarrollaba ahora sus prácticas en el instituto. 

La investigación dio su fruto y allí estaba. Un estudiante que en su día no destacaba en especial desde el punto de vista académico. Al contrario, tal y como el mismo me había confesado en nuestra conversación, era un poco desastre en ese sentido. Pues bien, ese alumno está hoy preparándose para convertirse, ojalá sea en breve, en un compañero de tareas, sueños y fatigas, el mío o el de otros y otras docentes de quién sabe qué centros. 

Ver a este futuro colega deambulando por el centro estos días acompañando a su tutora me ha hecho pensar bastante en mi alumnado presente, sobre todo, en aquel en que, por una u otra razón, no deposito siempre las expectativas que debería depositar: las máximas. Así es, debería depositar las máximas expectativas en personas jóvenes todavía por hacerse, con un horizonte personal mucho más allá de mis juicios, en ocasiones mezquinos, mediatizados por un clima poco propenso al aprendizaje o por actitudes que no siempre me agradan, pasados por el tamiz de una visión poco optimista o exhausta al final de cada jornada. 

Mira que me fastidia equivocarme pero, muchas veces, me alegro de hacerlo. 

Por encima de todas las dificultades personales, familiares, sociales, ni os podéis imaginar las de algunos niños y niñas, que parecen abocados y abocadas al fracaso incluso antes de iniciar su itinerario escolar; por encima de nuestra percepción cicatera que los convierte en meros protagonistas de comportamientos disruptivos, en carne de banco de castigo en los recreos, estas personitas, mejor o peor, salen adelante en la mayoría de los casos, son capaces de encontrar sus caminos y enriquecer los nuestros cuando se cruzan con ellos años después, nos devuelven la lección que les dimos un día en forma de esperanza y de llamada a no dejarnos llevar por nuestros prejuicios. 

Ya que no la aprendimos en su momento con ellos y con ellas, ojalá sepamos llevar esta enseñanza a nuestra práctica diaria con el alumnado que en la actualidad ocupa las aulas que las y los acogieron con mayor o menor suerte hace tantos años.

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